Primero
Primero
Hace ya más años de los que pueda contar,
te declaré un amor que se engendraba en mi pecho.
Desde el día en que te conocí, hemos compartido
una charla interminable cuyo tema se mece
entre lo familiar y la novedad.
Sin poderlo evitar, suelo ahogarme en tus ojos.
Piscinas de color canela, ¿o serán de miel?
Así se los describí aquella noche otoñal
a todos los que escucharan mi programa de radio,
cuando te dediqué esa canción de Peter Gabriel.
Me miran con una luz que desarma,
y que ablanda ese nombre de severa,
apelación que hay veces pretendes haberte merecido.
Esa noche terminaba como las tantas otras.
Una fuerza invisible nos movía los labios,
nos vibraba las cuerdas vocales, y le exigía
a nuestras lenguas que brotaran el producto
de nuestras mentes agotadas por la labor de estudiantes,
y de nuestras almas de adolescentes impacientes,
burlándonos al borde de la incertidumbre
que nos convidaba en pocos meses.
En aquellos tiempos, el reloj nos regía con una exactitud dictatorial.
La hora de la despedida cotidiana se acercaba y,
del nudo que se había hecho en mi garganta,
solo escapaban críticas de las pinturas de Paul Klee,
una disertación sobre la política exterior del presidente Reagan,
los consejos prematuros del doctor Díaz, licenciado en nada,
pero, cubano al fin, que se las sabe todas.
Todas palabras para marcar el tiempo,
para disimular esa pasión que llegaba más allá de la simple amistad.
Me levanté para irme y di tres pasos hacia la puerta,
pero se me congelaron las piernas.
Hay algo más que tengo que decirte.
Así me salieron las primeras gotas del amor,
teñidas de esa timidez que nos hace amigos.
Con tu mirada adolorida, me rogabas
que te confesara lo que ya era tan obvio.
Te quiero, te dije, y me fugué,
más por el miedo de tu respuesta
que por las consecuencias de tardar en llegar a mi cama.
Te oí de todos modos, y al día siguiente,
tendrían que haber explicaciones.
Por razones que prefiero enterrar,
nuestra conversación cesó un año después.
Hace un año, la reanudamos.
Ambos licenciados de la vida,
empapados del amor de nuestros hijos
y cicatrizados (o tal vez cicatrizándonos)
de otros amores que fueron tan fulminantes como dolorosos,
y hasta pareciéndonos un poco más a nuestros progenitores,
quienes siguen desempeñando el papel de protagonistas
en nuestras sesiones de terapia mutua.
Estaba muerto de cansancio cuando me llamaste.
Ni siquiera un capuchino gigantesco del Havana Bay Coffee,
uno de esos hecho por Roberto y que levanta a los muertos,
ni siquiera uno de esos tenía suficientes fuerzas para contrarrestar
la falta de sueño que me agobiaba esa noche.
Tu voz de sirena, ligera y juguetona,
pero firme y encantadora a la vez,
me resucitó, y en menos de lo que parecieran ser momentos,
nos encontramos en nuestro lugar favorito,
tú con un vodka y tónico en la izquierda y un cigarrillo en la derecha,
yo abrazando con los dedos una rubia belga pálida,
sabrosa y refrescante en el calor sofocante de esa noche veraniega.
Nos prometimos una noche breve, pero terminaríamos como siempre,
a las tres de la mañana, contrincantes en un duelo sin armas,
el cual concluye cuando uno de los dos se desmaya del cansancio.
Antes de rendirnos por acuerdo mutuo, antes de hundirnos en la oscuridad del sueño,
recorrimos la trayectoria entera de nuestro repertorio de siempre,
al cual podemos añadir ahora una comparación de las propiedades balísticas
de la Beretta 9mm (esa querida amiga, semper fidelis,
que me acompañó con tanto cariño el año pasado)
con las de la Sig Sauer 9mm (tu pistola favorita por razones que desconozco).
La noche comenzó con el tema del apagón.
Es busca del amparo de nuestras voces, nos llamamos
en medio de aquel mar de oscuridad.
Gracias, y te quiero, me dijiste.
Se me hizo ese familiar nudo en el estómago,
pero el calor de esa sonrisa que cercaba tus labios carnosos
lo desvaneció todo, y los vocablos recíprocos
me salieron en chorro y con mayor coraje que nunca.
Amigos para siempre, clausuramos el tema con un brindis,
y estrenamos uno nuevo, tal vez el de las pistolas.
25 de agosto, 2003
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